martes, 28 de marzo de 2017

COMO LOS GORRIONES



Truls Espedal "Robin".


A Pedro le cae bien, incluso le parece guapa, pero no puede decírselo a nadie, porque si lo supieran también se reirían de él. Solo lo sabe su madre, quién le alienta y tranquiliza; “si es eso lo que quieres, hazlo. Que no te importe lo que piensen los demás”.
Esta mañana mientras se lavaba los dientes frente al espejo, se ha observado y se ha sentido mayor. No tanto como sus padres, pero sí como su primo Elio, al que ya le dejan ir solo al cine. Con la boca llena de espuma blanca ha verbalizado su deseo.
En el tiempo de recreo, después del comedor, Pedro huye de nuevo del bullicio del patio; sabe donde encontrarla. Está sentada frente a la verja que linda con el parque, porque a Sara le gusta observar el ir y venir de los gorriones entre las ramas de las jacarandas. Se asusta cuando el niño se sienta a su lado. Empieza a balancear su cuerpo hacia atrás y hacia adelante, sin mirarle en ningún momento, hasta que se calma y se siente segura de nuevo.
Pasan un buen rato mirando a los pájaros, en silencio. Es entretenido verlos, hay uno posado en una rama, acicalándose el plumaje, de repente llega otro y se posa a su lado manteniendo una distancia prudente. Poco a poco se va aproximando, dando saltitos milimétricos; al tercer movimiento el que estaba distraído con sus plumas se percata del acercamiento y sale volando. Pedro aparta la vista de los gorriones cuando Sara se levanta; la ve caminando a paso rápido hacia el punto rojo donde forman la fila, le gusta ser la primera… Él sabe que le llevará tiempo, que tiene que acercarse a ella con cuidado.
Autora: Ana Pascual Pérez.

lunes, 20 de marzo de 2017

ESTE CIRCO NO ESTÁ EN VENTA


"Habitación de hotel" de Edward Hopper.




Desde que recibí la carta la habré leído unas quince veces, y sigo sin creer lo que dice el abogado. Si estoy aquí es por Gustavo, que insistió: "vete a ver de qué se trata, siempre se puede vender o traspasar como cualquier negocio”.
Yo nunca he heredado nada, bueno si, unos pendientes de mi abuela materna y las alianzas de mis padres. Pero esto, esto debe ser un error, porque yo a este señor no le conozco de nada. Y además, qué podría hacer yo con un circo. Si a mis hijas les asustan los payasos, y Gustavo es alérgico al pelo de los animales.
Yo tampoco me veo montada en un elefante, o peor aún, acostada sobre la arena para que sortee mi cuerpo con sus enormes patas. Luego está el olor a tigre, el oso que bebe cerveza, que me da mucha pena… Tampoco me veo haciendo malabares (soy muy torpe) ni trucos de magia. Y mucho menos lanzando cuchillos al pobre Gustavo (que no tiene muchos reflejos) o escupiendo fuego… lo que no me importaría sería aprender a utilizar el trapecio. Todavía estoy en buena forma, Gustavo siempre me lo dice.
Me compraría un maillot de color blanco, de esos que llevan cristalitos de swarovski. Utilizaría dos trapecios; volaría de uno a otro, haciendo piruetas en el aire. Al principio con red de seguridad, pero con el tiempo sin ella, para darle más emoción. Para sentir corretear la adrenalina por todo mi cuerpo. Sería la estrella, la gran atracción, junto con el domador de tigres, que no sería Gustavo, porque odia a los animales. Y este hombre fornido (el domador) me observaría desde la pista boquiabierto. Yo volaría de un trapecio a otro, seguida por un cañón de luz que haría brillar los swarovskis, y por un instante parecería una estrella fugaz.


martes, 7 de marzo de 2017

TÚ INSPIRA Y, PIDE PERDÓN.

“Cerró los ojos y apagó las velas” cinco veces. La cera mezclada con el chocolate, estaba dejando ciega a la dulce Kitty. Se propuso soplar con todas sus fuerzas, cansada ya de los flashes y del “no pongas caras feas”. Cogió aire y… lo dejó salir junto con la rabia acumulada en dos añitos.

Cuando abrió los ojos estaba mareada y sola. Descubrió un superviviente; su primo, que quedó enredado en las cuerdas de tender. Juntos observaron la espiral de viento, virando con brusquedad hacia el parking. Berto, que era cuatro años mayor, le explicó… Ella decidió que antes se comerían la tarta sin utilizar los cubiertos.

OJALÁ, UNA MÁQUINA PARA VIAJAR EN EL TIEMPO


Las vecinas de la calle Veintisiete todavía comentan aquella historia, de la que tan solo conservan unos cuantos chismorreos. Parece que discuten mas que narren un hecho, y es que todas quieren aportar su versión a un recuerdo que ya les cuesta trabajo evocar por el paso del tiempo. A veces dudo, si fue cierta o inventada, pues cada vez que la cuentan omiten o añaden detalles nuevos. Todas quieren hablar a la vez y a mí me toca hacer de moderadora. Mi abuela, que hoy es la anfitriona, espera paciente su turno.

Me enternece escucharla y ver cómo le brillan los ojos cuando cuenta su versión de la historia de amor entre la modista y el gondolero. Parece que el resto de mujeres no recuerdan así la historia, y regresan todavía más entregadas al eterno debate. Por un instante, mi abuela y yo nos quedamos absortas, liadas con nuestros pensamientos: “Ojalá pudiera revivir aquellos momentos”; “me encantaría conocer la verdadera historia”. Las dos ensimismadas, con la mirada fija en el viejo sombrero de paja que hay colgado en el perchero.
"Morning in Venice" de Richard S. Johnson

REMORDIMIENTO


No me extraña nada que llueva de esta manera. Recuerdo que la semana pasada hizo un día de mucho calor; inusual para esta época del año y, claro, ahora esta tromba de agua repentina. Ese día, hasta la capa y el tricornio me molestaban. No sabes, qué ganas tenía de volver a casa contigo, pero se nos complicó la mañana por aquel asunto.
Al principio lo negó todo cuando, a simple vista, era evidente lo que había sucedido; sólo había que ver cómo estaba el marido. Dos horas estuvimos interrogándola, hasta que aceptó su suerte. Cuando salimos del cuartel el compañero me dijo que había algo raro en todo aquello y, ahora que lo pienso, no sé... tal vez la presionamos, pero es que hacía mucho calor, cariño, y yo tenía unas ganas tremendas de llegar a casa para poder quitarme el uniforme.
La verdad, no me sorprende nada esta tormenta, que parece que se nos vaya a caer el cielo encima. Solo espero que deje de llover algún día.
"Otra Margarita" de Joaquin Sorolla

SIN LUZ



La casa del artista no estaba como la última vez que la visitó, hace ya algunos años. A punto estuvo de dar media vuelta, pues sintió que poco tendría que hacer allí. Un leve latido que provenía de alguna habitación, le invitó a entrar y condujo sus pasos por el pasillo en penumbra hasta el estudio.


Se acercó a él y ofreció sus condiciones para elaborar un retrato: sin luz, sin tacto, sólo palabras, y él estuvo de acuerdo. Las manos del pintor empezaron a trabajar, mientras ella, según lo acordado, respondía con sinceridad a las cuestiones que le hacía, para que el resultado del retrato fuera veraz.

Pasado un tiempo, el artista dio por terminado el encargo y descorrió las cortinas. La luz entró con tanta fuerza que ambos tuvieron que cerrar los ojos… Mientras él luchaba por contener el desaliento, pudo verla… Sonreía gustosa, al no reconocerse en aquel rostro angelical.



Pintora: Liu Yaming – Cuaderno de retazos








jueves, 20 de octubre de 2016

LOS CICLOS MENGUANTES

Sucede a veces que, el mundo mengua. Constriñe sus montañas, eliminando valles y otros huecos. Manda a los vientos que remuevan cielo y tierras, y éstos empiezan a soplar con fuerza, desde el norte hasta el sur, del este al oeste; persiguiendo un rastro como perros sabuesos.


Aunque no seamos conscientes, todos empequeñecemos con él. Sufrimos una transformación por la que nos convertimos en insectos; hay quién llega a ser hormiga, chinche, bicho palo, moscardón... Se intuye que el resultado de esta alteración física está directamente relacionado con la forma de ser de cada uno.
Pero en ese devenir de la especie humana hacia el artrópodo, siempre hay dos personas que son inmunes a la metamorfosis; sólo ellas conservan su naturaleza original.


Este raro fenómeno ocurre muy de vez en cuando, puede ser que coincida con el paso de algún cometa, tal vez una lluvia de estrellas. Y no se sabe a ciencia cierta cuánto puede durar; podrían ser décadas, un lustro, dos o tres años... quién sabe el tiempo que necesita el mundo para convertirse en un pañuelo.

Porque a veces ocurre, si. Que el mundo mengua, y lo hace para que dos personas se encuentren