miércoles, 26 de febrero de 2014

Un trocito de Manuel. Esta es mi participación para el mes de febrero en el blog Adictos a la escritura. Esta vez teníamos que utilizar la primera frase de una novela, como pistoletazo de salida a nuestro relato. Yo he escogido la novela de Luis Sepúlveda "Un viejo que leía novelas de amor".

“El cielo era una inflada panza de burro, colgando amenazante a escasos palmos de las cabezas” de los cofrades, que se habían reunido en torno a la talla de la virgen. Enlutadas para la ocasión, las mujeres le rumiaban a la reina madre sus oraciones, originando un murmullo de enjambre de abejas que invitaba a la modorra vespertina.
Entre un grupo numeroso sobresalía la cabeza pelona de Manuel, que permanecía ajeno a todo aquel ritual. Inseparable de su madre, le agarraba con fuerza la mano y aguantaba divertido como un tentetieso, los empujones y roces de otros cuerpos que no dejaban de sumarse al reducido espacio que ocupaban. Mientras todas rezaban con fervor, él permanecía en silencio y con los labios apretados.
Alzó la vista hacia el cielo en busca de un espacio vacío en el que pudiera perderse, pero se topó con un conglomerado de nubes bajas, que parecían confabularse en la grisalla contra el azul de sus ojos y el alegre colorido de la ropa tendida en las balconadas. Aquel cielo tan atormentado que parecía estar al alcance de la mano, originó el desasosiego de su madre que lo apretó contra ella pronunciando sus oraciones en voz alta. Manuel le correspondió con todo el amor que tenía en ese momento, abrazándola con fuerza hasta alzarla unos centímetros del suelo. Una vez en tierra firme su madre luchó por abrirse paso entre la muchedumbre, llevando tras ella a su niño grande: “vamos, Manuel. Tenemos que ir a casa”, y él que ya empezaba a ver los resplandores en el horizonte se quedó varado, mirando boquiabierto hacia el cielo.“¡Manuel! ¡hijo, vamos!”.

Aunque ya no lo recuerda, desde niño había escuchado decir a su abuela que las tormentas de verano no habían traído más que desgracias a su familia; la anciana decía esto con gravedad y verdadera tristeza, mirando a través de los ventanales del salón hacia el cielo encapotado. Manuel creció amedrentado por el fatalismo inculcado por su abuela, sin saber muy bien qué era lo que debía temer, qué males podrían descargar las nubes a mediados de agosto. Nadie le contó lo que ocurrió veinte años antes de que él naciera, y nunca llegó a comprender la frase que un día empezó a escuchar: "míralo, igualito al tío José. Qué pena", las primeras veces a su espalda, entre sollozos; a estas le siguieron las miradas de frente acompañadas de alguna sonrisa y un beso en la sien. Ahora ya casi nadie la pronuncia. Sólo lo compara con él su madre, mientras le afeita: "con barba eres clavadito a mi hermano José".
Siempre que Manuel pidió explicaciones a su abuela acerca de las tormentas, obtuvo la misma respuesta: "calla, es mejor que no sepas. ¡Y no salgas!". Aquella advertencia no hizo más que acrecentar su temor y curiosidad. Los días de lluvia en verano quedaron envueltos por un halo de misterio que jamás resolvería. 
Se acercaba a los ventanales muy sigiloso, disfrutando de esa sensación placentera que produce el miedo controlado, sabiendo que no iba a pasarle nada. Qué mal podrían causarle a él aquellos nubarrones que eran tan bien acogidos por los demás. Manuel observaba que con la llegada de la lluvia, las casas se abrían a la brisa fresca que sofocaba el calor, e invitaba al sosiego y a la contemplación de la lluvia. Las vecinas sacaban las macetas a las aceras; sus amigos interrumpían las siestas y salían a festejar la llegada del agua, saltando descalzos en los charcos: “baja, Manuel. Ven a jugar con nosotros”. Mientras tanto él solo se atrevía a asomar su perfil por una rendija de la ventana, para no contrariar a sus mayores.
Le gustaba el olor a tierra mojada que parecía ascender serpenteante por la hiedra de la fachada, buscándolo a él, hasta que conseguía colarse por su nariz respingona y entreabrir su boca. Pero lo que le provocaba verdadera fascinación eran los relámpagos, y en general cualquier destello de luz que le evocase este fenómeno. Manuel abría todos los cajones y armarios de la casa en busca de objetos que ofrecidos al sol centellearan; eran apenas unos segundos en los que podía contemplar la luz y casi tocarla, imaginándola caliente y punzante como un rayo. “Venga, Manuel. No te pasará nada...”, una mano pequeña y delgada abrió no más de un palmo la puerta que daba al patio: “sal por aquí, para que no te vean”. El niño anduvo unos pasos mirando al cielo, por el este vio que se aproximaban los destellos y caminó hacia ellos por un sendero de babia mullida, de la que ya nunca regresaría.

De aquel encontronazo con la madre naturaleza, el chico sólo conserva una cicatriz que le cruza el cráneo y, la misma mirada infantil e inocente de aquel día. Después de aquella tarde, a sus amigos les dijeron que una nube se había llevado un trocito de Manuel, que ya no iba a ser el mismo; no podría ir a la escuela con ellos, ni comer tierra a escondidas, pisar caracoles, prender un fuego o levantar las faldas a las niñas. 
Manuel no recuerda nada y sigue sin encontrar una explicación lógica al pavor que siente su madre cuando ahora la ve tirando de él con todas sus fuerzas, suplicándole que se mueva mientras empiezan a caer las primeras gotas de lluvia desacompasadas y gruesas... Ya percibe ese olor a tierra húmeda que trepa por sus piernas... buscándole.

4 comentarios:

  1. ¡Ay ese olor a tierra mojada que trepa por las piernas...! Me encanta la descripción de los olores, y del espectáculo de las nubes en grisalla. Muy bien la psicología del personaje. No se me ocurre añadir nada al relato.
    Besos y enhorabuena.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, por la lectura y el comentario. :)

      Eliminar
  2. Es increíble como en un momento puede cambiar la vida de las personas. Como por ironías de la vida, la misma desgracia sacude a varios miembros de una familia en diferentes tiempos. Es una historia triste, pero no sé, a la vez me parece emotiva, porque él no recuerda lo que pasó y sigue llamándole la atención los rayos.


    Un abracete
    Antonio V. García.

    ResponderEliminar
  3. Antonio, gracias por la lectura y el comentario. Un abrazo

    ResponderEliminar