jueves, 20 de octubre de 2016

LOS CICLOS MENGUANTES

Sucede a veces que, el mundo mengua. Constriñe sus montañas, eliminando valles y otros huecos. Manda a los vientos que remuevan cielo y tierras, y éstos empiezan a soplar con fuerza, desde el norte hasta el sur, del este al oeste; persiguiendo un rastro como perros sabuesos.


Aunque no seamos conscientes, todos empequeñecemos con él. Sufrimos una transformación por la que nos convertimos en insectos; hay quién llega a ser hormiga, chinche, bicho palo, moscardón... Se intuye que el resultado de esta alteración física está directamente relacionado con la forma de ser de cada uno.
Pero en ese devenir de la especie humana hacia el artrópodo, siempre hay dos personas que son inmunes a la metamorfosis; sólo ellas conservan su naturaleza original.


Este raro fenómeno ocurre muy de vez en cuando, puede ser que coincida con el paso de algún cometa, tal vez una lluvia de estrellas. Y no se sabe a ciencia cierta cuánto puede durar; podrían ser décadas, un lustro, dos o tres años... quién sabe el tiempo que necesita el mundo para convertirse en un pañuelo.

Porque a veces ocurre, si. Que el mundo mengua, y lo hace para que dos personas se encuentren

ANGUSTIANO NO PUEDE DORMIR (Cuento infanil)


Angus, tiene diez años, aunque por la barba negra parece mucho mayor. Sus padres le pusieron ese nombre por su abuela Angustias, a la que dicen que se parece mucho. Ella también era azul y barbuda.
Por lo demás es un monstruo muy normal: vive debajo de la cama de una niña, le gusta escuchar cuentos, odia cortarse las uñas, y le encanta dar sustos a León, el gato de Laura.
¡Ah si, Laura!. Ella es quien le quita el sueño y le desvela.
 
Por su culpa lleva tres semanas sin dormir de tirón. Sus gritos le despiertan a media noche, y lo peor de todo es que, desde que eso ocurre, no ha parado de engordar. Angus está preocupado, porque ya le cuesta meterse debajo de la cama.
 
Esta noche parece que va a ser buena, porque Laura se ha bebido la leche sin rechistar, y se ha quedado dormida antes de que su madre terminara el cuento.
Como todas las noches, Angus empieza su ritual para irse a dormir: primero se hace un ovillo, luego cierra los ojos, cuenta hasta treinta y seis, entonces respira hondo. Tan hondo y profundo que empieza a roncar, y de repente...
 
- ¡Mamá! ¡maaami, tengo miedo!.
- Shhh, ¡a dormir pequeñaja!- le dice Angus, con su vozarrón a la niña.
- ¡Mamá! ¡hay un monstruo!...
 
A la mañana siguiente Angus espera a que todos se marchen de casa para dejar su escondite. Pero hoy le cuesta mucho salir, porque se le ha quedado atascado el culete debajo del cochón... Cuando consigue desatascarse empieza sus tareas diarias: desayuna bolas de plastilina, chupa las esquinas de los libros, cambia de sitio a las muñecas, y habla a los peluches.
 
- A ver si tú puedes explicarme ¿qué le asusta a esta niña?- le dice al oso rosa-. Porque yo no lo entiendo... Brrr ¡y esta noche he vuelto a engordar!
 
Angus se sube en la bicicleta de Laura y empieza a pedalear con todas sus fuerzas, haciendo círculos en la habitación. No pasan ni cinco minutos cuando está tan mareado que ya no puede más...
 
- ¡Pero si estoy igual! No he perdido ni un gramo...- dice, mirándose al espejo -. Ya no quepo debajo de la cama. ¿Dónde dormiré esta noche?.
 
Después de echar un vistazo a la habitación, se da cuenta de que el único sitio donde podrá esconderse es dentro del armario. Pero Angus detesta los fondos de armario, porque son aburridos y negros como la boca de un lobo.
 
- Tengo que hablar con ella...-, dice. Pero recuerda que la última vez que habló con una niña le dio tal susto, que gritó sin parar durante mucho tiempo, y a punto estuvo de reventar de lo gordo que se puso -. ¿Cómo puedo hacerlo para no asustarla...?-. Angus se rasca la barba y durante un buen rato pasea pensativo.
 
Andando por la habitación, tropieza con un libro que hay tirado en el suelo, y al verlo se le ocurre una gran idea. En un cuaderno escribe paso a paso cuál es su plan para hablar con Laura.
 
- ¡Es perfecto! no puede fallar. Es la mejor idea que he tenido ¡soy genial!.
 
Por la noche, cuando todos duermen está listo para poner en marcha su plan... Muy sigiloso entra en la habitación de la abuela de Laura, coge su vestido de flores, las gafas, y algo húmedo que encuentra en un vaso de agua. Al ver lo que es, se pone muy contento.
 
- ¡Oh, qué bien! ¡una boca con dientes! Yo siempre quise tener dos bocas como mi primo Pávor.
 
Ya disfrazado, se mira en el espejo de arriba a abajo y se encuentra estupendo. Con tan poca luz podría parecer una señora, de no ser por la dentadura postiza que lleva incrustada sobre el entrecejo...
Muy despacio vuelve a la habitación de Laura; va chocándose contra las paredes, porque con las gafas de la abuela se marea y ve borroso... Por fin consigue llegar y se sienta en la cama, junto a la niña. Angus le acaricia la cabeza y le dice al oído:
 
- ¿De qué tienes miedo, Laurita? Si yo no te voy a comer, que soy muy bueno. Puedo contarte cuentos, regalarte muñequitos de plastilina, cogerte la mano para que duermas... pero por favor, no grites más que...
- ¿Abuela?-, pregunta Laura. - Qué rara estás...
- Si, es que... me ha sentado mal la cena. No ¡no enciendas la luz!
 
La niña se queda petrificada cuando ve a Angus, y a punto está de gritar, cuando su gato roza el cuerpo del monstruo y le hace estornudar. Entonces Laura ríe a carcajadas, porque la dentadura postiza ha salido volando y León corre erizado.
 
Angus no se lo piensa dos veces ¡esta es su oportunidad!. Empieza a hacer muecas a Laura, que cada vez ríe más, hasta que se le saltan las lágrimas y aplaudiendo le pide que haga una más, otra, y otra más...
- La última, eh Lauri, que tenemos que dormir. Mañana más.
- Otra vez... por favor.
- Venga, una y ya está-. Angus estira sus mofletes y mueve los ojos-. Hasta mañana pequeñaja-. El monstruo la tapa y le da palmaditas en la espalda -. Dulces sueños...

La niña duerme plácidamente y Angus suspira aliviado... Antes de meterse en el armario se mira en el espejo y con asombro ve que ha menguado; ahora ya puede dormir en su sitio preferido, debajo de la cama de Laura. Y está seguro de que será así por mucho, mucho tiempo.

martes, 18 de octubre de 2016

POBRE SR. EDWARD


Anoche me acorde del Sr. Edward, fue viendo uno de esos documentales del National Geographic que echan de madrugada. Recordé la última vez que lo vi, estaba tumbado en el asiento trasero del auto del Sr. Adams, también recuerdo lo que lloramos todos cuando se marchó del barrio.
Llevo una semana muy mala sin poder dormir… Alice y yo no estamos bien; dice que ahora que me conoce un poco más, le parezco un tipo raro. Esta mañana para empatizar con ella le he contado la historia de Edward. Entre bocado y bocado a la tostada, he ido desvelándole poco a poco ese episodio de mi infancia; manteniendo el suspense, como a ella le gusta. Casi al final del relato Alice ha dejado de comer y se le han llenado los ojos de lágrimas. Yo también he llorado, no sé si por lo mismo, “pobre Sr. Edward”, he dicho entre sollozos, y entonces ella ha salido de la cocina algo airada. Después sólo he escuchado el portazo. Juzguen ustedes la historia, y ya me dirán si es para reaccionar así.
Resulta que en la antigua casa de mis padres había un señor que tenía un cocodrilo, no uno de esos grandes, sino una cría que se encontró en un vertedero y la adoptó por compasión y amor hacia los animales. También tenía muchos gatos y algún perro, pero esos no cuentan porque todos teníamos ese tipo de mascotas y no suelen hacer gran cosa. El que despertaba la curiosidad de todos los niños era el Sr. Edward.
Lo recuerdo con sus andares lentos y prehistóricos que de repente se transformaban en giros rápidos cuando nos tenía a la vista. Cómo nos gustaba jugar a esquivar sus mordiscos, todos reíamos divertidos y algo nerviosos también. Su dueño, el Sr. Adams, era un tipo encantador, de esos de pocas palabras, que no decía nada por no molestar; él también reía nervioso al vernos jugar.
El caso es que un día se me ocurrió un juego nuevo; yo siempre he sido muy creativo. Consistía en acercar la mano a Edward y el ganador sería el que más se aproximara a él, aguantando por supuesto todo el tiempo que fuera posible antes de retirarla. Menuda sorpresa nos llevamos, resistió más el que menos esperábamos. Peter, un niño que nunca nos ganaba en nada, y ese día se convirtió en un campeón de campeones.
El Sr. Edward y él salieron en todos los periódicos. Hubo uno en el que publicaron dibujos que no le hacían justicia a nuestro amigo, eran horrendos, se le veía enorme, con cara de bestia y entre los dientes se veía el bracito de Peter… El pobre Sr. Edward tuvo que marcharse con su dueño a otro país, eso dijeron mis padres. Se fue un sábado por la mañana, lo recuerdo como si fuera hoy mismo… No pude despedirme de él como hubiera querido, sólo me permitieron decirle adiós a través del cristal del coche. Giró su cabeza cuando golpeé la ventanilla, y puedo asegurar que le vi llorar.

PACO CORTINA


Su punto fuerte nunca fue la obediencia, sino algo mucho mejor, que en los primeros años de vida nos costó ver. Pero con el paso del tiempo, supimos valorar su nobleza y olvidar todos los destrozos materiales que había hecho.

Era bueno y divertido a más no poder, efusivo; fue el eterno cachorro que siempre estaba dispuesto a iniciar el juego. Siempre saludaba poniéndose a dos patas y fundiéndose en un cariñoso abrazo. No necesitó  una caricia para mover alegre su cola, le bastaba un cruce de miradas. Era paciente con los niños, y los buscaba porque en ellos encontraba a los perfectos compañeros de juego.

Pocas veces pudimos pasear con él sin llevarlo atado con correa, únicamente en campo abierto, donde no hubiera nadie a quién saludar. Siempre fue a dos metros por delante de nosotros, o sea, a todo lo que daba de sí la correa extensible, y tirando con la misma fuerza que  una pareja de bueyes. Sólo anduvo pegado a mí cuando estaba embarazada, ¡y menos mal!. Tampoco era muy valiente… le daba miedo el sonido de las pedorretas.

Todavía recordamos entre risas cuando le escuchamos decir perfectamente la palabra “euro” mientras bostezaba, eso fue antes de la crisis… no volvió a decir nada más.  Siempre se hizo un lío con las cortinas, al tratar de apartarlas cuando le apetecía mirar por la ventana. Por este motivo Aitana le puso el apellido de “Cortina”.

Le hablaba a diario, sin importarme que no alcanzara a comprender todo lo que le decía. Casi siempre fueron frases cortas, pero otras, verdaderas parrafadas que le hacían ladear la cabeza y mirarme muy atento. Habrá quien piense que es una locura hablarle a un perro. Pudiera ser…, nunca me lo cuestioné, porque la plática me resultaba tan agradable, que hubiera sido una insensatez dejar de hacerlo.

La última vez que hablé con él fue para disculparme por no haber estado a veces a la altura, y para agradecerle todo lo que me había dado. Por última vez, me senté en el suelo a su lado y dejé que mis manos se perdieran entre su pelaje. Mientras reía y lloraba a la vez, fui recordando todas sus genialidades y rarezas; vivencias que para mí son adorables.

Nunca tuvo un mal día, ni un mal gesto. Ha sido compañero, una caja de sorpresas, tremenda suerte…, y sin duda, un gran fabricante de sonrisas y afecto.

SEXCENTÉSIMO (Micro seleccionado en el III Concurso de Microrrelatos Eróticos de Ediciones de Letras)

Mientras mordían sus labios con una avidez propia de primerizos, la ropa desapareció por arte de magia; impacientes buscaron con torpeza la postura idónea para tantas ganas en tan poco espacio… Sus risas estallaron, al escuchar de fondo el estribillo de una canción machacona que hablaba de desamor.

LIBERACIONES (Participación en el I Certamen de Microrrelatos de Aranda de Duero)




"Tuve miedo como no lo he tenido jamás, pero no quise que mi madre y mis hermanas me creyesen cobarde" justo en aquel momento tan deseado, ese instante que tantas veces habíamos imaginado. Mi padre salía de la cárcel en la que había estado preso una década. A mis escasos doce años, su ausencia me había convertido en el hombre de la casa, y no podía hacer otra cosa más que demostrar entereza.
Pero he de confesar, que no fue suficiente toda la hombría acumulada hasta ese momento para evitar, que quedase paralizado cuando vi a mi padre extendiendo sus brazos huesudos hacia nosotros, sonriendo como un caballo desdentado, temblándole las manos… Tuve miedo; pensé que si lo abrazaba tan fuerte como había soñado, podría hacerle daño.

OLEAJE (Micro para Relatos en Cadena)


El día que una ola salte más de lo convenido unos pocos darán orden de levantar diques alrededor de los océanos, también muros que frenen los arrebatos del viento, y mandarán echar al mar tupidas redes para apresar las corrientes entre nudos de hilo.

El día que una ola salte… temblarán, porque saben que muchas más decidirán hacer lo mismo.

CORNUDO, FULANA, TARADO, BARRIOBAJERA (micro para Relatos en Cadena)





Las palabras que ha aprendido por la noche, no necesita escribirlas veinte veces para memorizarlas. Mientras se queda dormido pululan por su cabeza, se multiplican por mil, y una vez indefenso, irrumpen belicosas en sus sueños. Desbaratan la magia de los deseos, gritan voces que no entiende y le hacen daño, hasta que consiguen despertarlo.

Entonces Miguel gimotea en la oscuridad, sin atreverse a soltar el llanto. Se tapa  hasta la cabeza para no escucharlas, y debajo de las mantas se maldice. Todavía no sabe y nadie le explicará que una vez aprendidas, esas palabras son como las tablas de multiplicar.

sábado, 30 de enero de 2016

Rupturas

Últimamente tengo una sensación extraña… como de haber comido cristales. Debe ser por ese motivo que en estos días al contemplar el mar toda su sal me escuece, y siento unas punzadas en el estómago, que ascienden hasta el pecho y ahí prenden como diminutos fuegos. Si, debe ser eso, que mastiqué, tragué, digerí cristales, y ahora mi aliento rasga el azul del cielo como estelas de aviones sin rumbo conocido y sin pasajeros.